![]() |
|
|
|
||||||||||
|
||||||||||
|
Debido a los bailes en las fechas de estreno de la cinta, tuve la oportunidad de escuchar la magnífica partitura de Doyle para dicha cinta bastante antes de poder disfrutar de la mágica y enternecedora película en sí. Ello, unido a la cantidad de veces que el score ha pasado por mis tímpanos me ha permitido, una vez vista la cinta, valorar aún mejor si cabe uno de los trabajos más variados del que es, desde hace muchos años, uno de mis cinco compositores favoritos. 1. La ESCUCHA PREVIA: un título viene a la cabeza tras haber escuchado por primera vez Nanny McPhee; Secondhand Lions. Y antes de que haya algún malentendido he de aclarar que ambas partituras guardan pocas similitudes. El hecho de que la audición de la presente me recordara a uno de los mejores trabajos del compositor escocés es el amplio abanico de sonoridades de las que Doyle echa mano: en Nanny McPhee podemos escuchar al Doyle de siempre (nada más que hay que acudir al corte 6 para encontrar al Doyle de Frankenstein, por ejemplo), siendo lo más sorprendente el hecho de que la gran mayoría de la música en la que podemos deleitarnos es totalmente novedosa en la trayectoria del compositor. Aunque el lirismo siempre ha estado presente en la filmografía del escocés (de hecho sus mejores partituras son aquellas en las que aflora su gran sensibilidad musical), la desaforada forma en que aflora en Nanny McPhee es un hecho inaudito (aunque bien pensado no deja de ser lógico en su constante evolución) incluso para aquellos que, como yo, llevamos siguiendo su trayectoria desde Henry V allá por 1989. En Nanny McPhee esta vertiente lírica toma un camino que confluye de forma espectacular en el grand finale que supone el corte que da cierre al compacto. En los siete minutos que dura Snow in August el oyente tiene la ocasión de asistir a toda una lección magistral de lo que es hacer música de cine: basado fundamentalmente en una espectacular variación del tema expuesto en The Pink Chair, Doyle consigue arrancar lágrimas sin que existan de por medio imágenes que apoyen su música. Tal es la fuerza de la misma. No puedo terminar este comentario de la escucha previa sin hacer alusión a la vertiente que conforma el grueso del compacto: una música juguetona y de marcado carácter mickey mousing, que el compositor ha tenido muy pocas ocasiones de desarrollar (acaso en Quest for Camelot) y que suponen un verdadero descubrimiento aunque queden un tanto diluidas a falta de un referente visual que las apoye. 2. La MÚSICA en la PELÍCULA: no podía ser de otra manera. La gran variedad musical que podíamos escuchar en el compacto responde de forma perfecta a lo que la película requiere en cada momento, superando a esta si cabe en muchas escenas (la llegada de Nanny McPhee por ejemplo). La evolución que se adivinaba en la audición aislada con respecto al tema esbozado en The Pink Chair, y que el compositor desarrolla algo más en The Girl in the Carriage, explotándolo finalmente en Snow in August, tiene su precisa respuesta en la preciosa escena que da cierre a la por otra parte mágica cinta: si las lágrimas asomaban tímidamente en la primera audición de dicho tema, cuando este es contemplado en conjunción con las imágenes, cobra toda su fuerza y, sin ánimo de ofender, hay que ser muy insensible para no emocionarse con tanta belleza. El resto del score responde de la misma precisa y elocuente manera al material que vamos visionando. Y aunque su brillantez palidece ante la vertiente lírica de la partitura, no por ello es menospreciable; antes bien, con ella Doyle demuestra que después de casi veinte años tras los pentagramas, aún le queda mucho que decir. Que así sea. Lo
mejor: Su lirismo. Sergio Benítez (17)
|