BSO: Reseña
TWO FOR THE ROAD
(Henry Mancini)

             
 
 


Corría el año 1967, época de profundos cambios en la industria del cine occidental después de ese punto de inflexión que supusieron los últimos años de la década de los 50 y los primeros de los 60: la aparición de la Nouvelle Vague, el Free Cinema británico y la mutación que había sufrido el cine italiano, que supo resurgir de sus cenizas después de la eclosión del Neorrealismo gracias a la aparición de cineastas tan dispares como Bernardo Bertolucci y Sergio Leone. El cine norteamericano no era inmune a lo que sucedía al otro lado del charco y cineastas reputados de la época dorada, cansados de seguir unos postulados ya obsoletos y no poder probar cosas diferentes porque los proyectos arriesgados sólo se les otorgaba a aquellos jóvenes cineastas que habían surgido con enorme poder (Roman Polanski, Francis Ford Coppola y compañía), decidieron darle la espalda a Hollywood y probar suerte en el Viejo Continente. Uno de estos directores fue Stanley Donen, quien rodó con capital británico Dos en la carretera (Two for the Road, 1967), probablemente la mejor disección del matrimonio que ha otorgado un filme a su público, una obra maestra repleta de innovaciones estéticas que en los años posteriores influirán enormemente al cine norteamericano más conservador.

Dos en la carretera suponía un largometraje difícil por diversos motivos. Por un lado, era una historia demasiado desnuda y descarnada para las sutilezas del público mayoritario yanqui; además, era un riesgo contar con una actriz como Audrey Hepburn, perfectamente dotada para dar vida a Joanna Wallace (la protagonista del filme), pero que destruiría ese halo etéreo con el que había encandilado a los espectadores con filmes tan maravillosos como My Fair Lady (1964). Por si esto fuera poco, el protagonista masculino no era ningún astro de la pantalla, sino un prometedor actor británico llamado Albert Finney, quien había demostrado sus dotes interpretativas pocos años antes con Tom Jones (1963). Donen sabía que se la estaba jugando con semejante proyectil, totalmente opuesto a anteriores películas suyas como Siete novias para siete hermanos (Seven Brides for Seven Brothers, 1954), Una cara con ángel (Funny Face, 1957) o Charada (Charade, 1963), por ello contó con un guionista tan reputado como Frederic Raphael (Eyes Wide Shut) y con un músico que le otorgó a ese monstruo cinematográfico que era Audrey Hepburn bandas sonoras muy particulares y elegantes: Henry Mancini.

No sabemos si Two for the Road es la mejor composición de Mancini (ha creado tantas inolvidables…), pero probablemente es, con toda certeza, la más delicada obra del genio italoamericano. El estilo que destila esta auténtica maravilla musical, con temas melódicos, románticos y pegadizos son la demostración de todo el saber musical de un hombre que, por aquella época, era el más grande de los grandes y un compositor de un talento irreprochable, creador de un estilo inconfundible imitado hasta la saciedad, pero jamás igualado.

A primera vista, Two for the Road guarda características similares a otras bandas sonoras de Mancini (con o sin la Hepburn) como Breakfast at Tiffany´s, Charade o The Pink Panther. No obstante, el tono nostálgico y melancólico que destila el compacto incluso en aquellos temas considerados "festivos" son de una singularidad tal, que no deja de ser digno de estudio el tratamiento que el músico le otorga a cada uno de los temas. El uso de acordeones y contrabajos está tan minuciosamente cuidado que no es extraño que, al acabar la audición del disco, cualquiera tenga la sensación de que ha asistido a un viaje musical repleto de recuerdos de un amor añorado. Hete aquí la gran baza de Two for the Road, que su característica intransferible e inigualable se basa en ese tono de ensoñación, casi onírico, de los protagonistas, quienes recuerdan su esplendoroso pasado como pareja y lo comparan con su desastre matrimonial en la actualidad.

Como en otros trabajos de su autor, la presente obra se basa en tres bloques claramente diferenciados. Por un lado, el tema principal, que es la esencia del "score" y casi podríamos decir el "leit-motiv" de la pareja protagonista; por otro, los temas melódicos; y, en última instancia, los cortes bailables y pegadizos.

El tema Two for the Road llega a tener tres versiones distintas en el "score". La primera de ellas es una versión cantada por un coro, cuya belleza es realmente conmovedora. Sin duda alguna es una de las piezas más hermosas y románticas de la historia del cine. En ella se nos hace explícita, gracias al canto del coro mixto, la metáfora de los viajes que idea la pareja como símil de la búsqueda de ellos mismos y su intento por conocerse y entenderse en ese gran periplo que es la vida. Éste es, podríamos decirlo, el corte más comercial, pues sigue punto por punto el estilo que Mancini daba a esas canciones escritas por su colaborador Johnny Mercer, aunque en este caso el compositor de la letra es Leslie Bricusse.

La segunda variación del tema central es instrumental, pero respeta los mismos instrumentos que en la versión cantada: xilófonos, violines, maracas, contrabajo, violas, clarinetes… Ésta es, realmente, la pieza de apertura del filme, la que acompaña los extraordinarios títulos de crédito de Maurice Binder. La belleza del tema es irrepetible. A partir de su armoniosa melodía, el oyente puede percibir no sólo la esencia del amor en pareja, sino también los vaivenes y altibajos que una relación así conlleva gracias a esas intensidades altas y bajas que sutilmente definen la pieza. Por último, existe una tercera variación orquestal y majestuosa al final del compacto. Más afligido inicialmente que los otros dos y con mayor importancia de los violines y de otros instrumentos orquestales convencionales (ese magnífico uso del contrabajo), el corte adquiere un ritmo "in crescendo", tornándose casi cómico en su mitad gracias al clarinete y abiertamente romántico y enaltecedor en su último tramo, con una eclosión de violines prodigiosa que pone punto y final a un filme tan insuperable como la pieza.

El segundo tramo se compone de aquellos temas melódicos que sirven para dotar de mayor unidad a las vivencias existenciales de la pareja protagonista. Son temas bellísimos y de una enorme calidad, aunque a veces están revestidos de cierta amargura. Su gran mérito, no obstante, es evitar ser anulados por el poderoso tema central, algo que consiguen con creces. El primero de estos cortes es Something for Audrey, composición elegante y "glamourosa" que recuerda poderosamente gracias a su piano y su saxofón y a ese inimitable toque de distinción a otras piezas que Mancini compuso para Audrey Hepburn. No en vano, este tema sirve para evocar el cambio de vida que llevará el matrimonio Wallace gracias al fortuito encuentro con un adinerado hombre que necesita urgentemente un arquitecto, profesión de Mark (Albert Finney), quien accederá más por el deseo de su mujer que por él mismo. Otras piezas dentro de este apartado son The Lovely Life, que evocan con unos nostálgicos violines los recuerdos más bellos que Joanna ha vivido con su marido en un momento crucial para el filme; French Provincial, que con su majestuoso acordeón ilustra el pasado común de la pareja; y Domain St. Juste, título que hace referencia a un hotel donde la pareja pasa normalmente sus vacaciones y que con un tono evidentemente clásico pretende evocar un lugar de extrema elegancia muy influido por el Neoclasicismo. El uso de esta canción es diegético en la película.

En tercera instancia, tenemos aquellos temas pegadizos que, en muchas ocasiones, son utilizados de forma diegética en el filme, proviniendo de algún tocadiscos o de la radio: The Chaser, un tema con evidentes influencias jazzísticas y que remite a la aventura extramatrimonial de Mark, con elocuente uso de los instrumentos de metal y del xilófono; Something Loose, un tema con algunas reminiscencias "boogie-boogie" y que remite a los momentos de ocio frívolo de la pareja protagonista cuando son una sombra de lo que fueron en antaño; Happy Barefoot Boy, pieza cómica que aparece en los momentos ridículos de la pareja y que cuenta con un maravilloso flautín y con un órgano; Congarocka, que mezcla estilos de jazz y bossa nova y que aparece en la fiesta final de la película; y The Donk, pegadiza canción con un maravilloso uso de las trompetas y del saxofón, dotado en ciertos momentos de una gran sensualidad.

Two for the Road ha quedado como una de las más grandes obras de Henry Mancini y, probablemente, su creación más sensible y romántica. La genialidad del compositor para dotar a la vida de un matrimonio normal y corriente de una enorme trascendencia, sin necesidad de hacer hincapié en sentimentalismos baratos ni en melodías recargadas, es la enésima demostración del sexto sentido de este hombre para salir airoso de cualquier encargo. Allí donde otros hubieran fracasado estrepitosamente, Mancini supo combinar su experiencia y su talento para dar a luz un hijo pródigo y único, producto de una fecundación trabajada a conciencia. Una obra maestra.

Lo mejor: Hay pocas composiciones románticas y unitarias en la historia del cine como esta inigualable banda sonora.
Lo peor: Ojalá fuera un poco más extensa.
El track: Todos; cada uno en su estilo.

Miguel García.

TRACK LIST:

1. Two for the Road (Choir Version) (2:39)
2. Something for Audrey
(2:57)
3. The Lovely Life
(2:15)
4. The Chaser
(2:31)
5. Something Loose
(2:45)
6. Happy Barefoot Boy
(2:46)
7. Two for the Road (Main Title)
(2:40)
8. Congarocka
(3:08)
9. French Provincial
(2:08)
10. The Donk
(2:42)
11. Domain St. Juste (Din-Din Music)
(1:23)
12. Two for the Road (Instrumental)
(3:12)

TOTAL -> 32:03

 


19-I-05
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