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El irregular director Roman Polanski nos trae una nueva película
sobre el Holocausto judío que narra la etapa en el Ghetto de
Varsovia de un pianista (Adrien Brody) llamado Wladislaw Szpilman (Wladek
para los amigos y familiares).

Muchas películas
se han rodado sobre este tema, cada cual aportando su particular visión
y mostrando una parte concreta del conflicto que se quiere desarrollar.
Sin embargo, el hecho de que se haya filmado mucho y con grandes directores,
no resta un ápice de originalidad a la obra de Polanski, un director
capaz de lo mejor y de lo peor, pero que deja rienda suelta a su carácter
complejo y difícil para crear un film con vida propia y mensaje
entrelineado que puede extraerse observando los giros que da la historia.
Roman Polanski compone una película donde cada detalle importa,
donde ningún plano o secuencia es azaroso, y donde el propio
director esconde de forma sutil y de puntillas una filosofía
vital propia e impregna de un carácter personal al personaje
principal que trasciende la imagen. El sello personal de Polanski, pese
a que el guión esta basado en el libro autobiográfico
del propio Szpilman, es profundo y hace que la película tenga
la misma factura técnica y calidad que sus últimos films
de esta época (se estrenó en 2002). En sus últimos
films han venido participando actores más bien poco conocidos,
pero de los que Polanski saca unas más que correctas actuaciones
siempre, caso del actor que nos ocupa, Adrien Brody, que lleva casi
toda la carga de la película, algo necesario para un film que
ahonda tanto en la figura del protagonista.
Precisamente de todos
estos elementos característicos y personales, de estas maneras
de hacer cine, vamos a hablar a continuación, dejando el desarrollo
de la historia para aquellos que quieran ver el film y descubrir esta
pequeña joya llamada El Pianista, ya que así lograrán
disfrutar plenamente de la película.
La acción se sitúa
en 1939, en Varsovia. Polanski ya sabe como impresionar e inicia su
andadura con unas imágenes en blanco y negro de los bombardeos
que sufre Varsovia, y suena de fondo la música de Wladek, contraponiendo
la belleza de la aséptica y elegante pieza que interpreta nuestro
pianista con la violencia de los bombardeos. La cinta va adquiriendo
un ritmo dinámico y sobrio para contarnos las evoluciones de
los personajes, destacando así tres etapas en la película
que se pueden separar de forma clara:
1ª
Etapa: Invasión
Se centra en la entrada
de los nazis en Varsovia, pero siempre bajo la perspectiva de la familia
Szpilman. Polanski introduce pequeñas pinceladas que nos aclaran
ante que personaje principal estamos a través de contraponerlo
con sus familiares. Apreciamos así sus diferencias, sus virtudes
y defectos. También comprendemos el rol de cada uno de los
miembros de la familia dentro de su sociedad, y sus diferentes caracteres.
También veremos cuáles son los problemas a los que tienen
que enfrentarse: los problemas económicos, las restricciones
de las libertades individuales, el desprecio de los propios polacos
no judíos... Es una etapa más breve que las otras dos,
pero sirve de mecanismo, de resorte, para poner en marcha la historia
y para hacernos ver cual va a ser el vehículo narrativo: el
subjetivismo.
La
historia se va delimitando. La familia es trasladada al Ghetto y allí
empieza la verdadera historia. Polanski aprovecha al mostrarnos el Ghetto
otros aspectos de la "hospitalidad" y la "eficiente gestión"
nazi. Constantes humillaciones a los judíos (la secuencia "ponte
a bailar, vamos, judío"), la crueldad intolerable de
los nazis, y las penurias que genera el cambio de vida brusco. Escenas
fuertes tampoco faltan en la película: el anciano en silla de
ruedas que es arrojado por su balcón sólo porque es judío
de forma cruel y el posterior atropello y el sanguinario tiroteo del
resto de la familia, o la secuencia del niño que es golpeado
hasta la muerte al intentar cruzar el muro del Ghetto, hablan por sí
sólas. Polanski no profundiza en este tipo de secuencias y nos
las cuenta siempre como una circunstancia que viven los familiares de
Wladek y él mismo. Mientras estas secuencias se suceden, Wladek
no hace más que observar. Poco a poco la situación va
empeorando y la supervivencia es más difícil y utópica.
Se pone de manifiesto una perspectiva curiosa: la inseguridad, pero
en el sentido más amplio de la expresión. La lógica
nazi impulsaba a sus oficiales a exterminar de forma sistemática
y sin motivo a la población judía. Un acto tan sencillo
de elección como "tú, tú y tú"
y su posterior tiro en la cabeza es la forma de actuar de la "administración"
nazi. Esto conlleva una inseguridad en la población judía
tremenda, ya que no hay un modo de conducta que te asegure la supervivencia,
puedes morir en cualquier momento por cualquier motivo, no sabes a que
atenerte. Ello puede llevar a la locura... no sabes que has de hacer
para sobrevivir, es una violencia sin sentido y sistemática,
es el terror personificado... es, en definitiva, la cultura nazi. La
violencia sobrepasa la mera ejecución, buscando siempre el grado
máximo de crueldad y humillación, dejando los cadáveres
apilados en las calles del Ghetto. Los trenes que transportan a los
judíos hacia los campos de exterminio comienzan a llegar y la
familia de Wladek es apartada de él. Debe huir para sobrevivir.
Antes
habíamos comentado que Polanski establece el vehículo
narrativo en el subjetivismo, viendo la historia desde el "yo"
y no desde el "nosotros" o "ellos", como por ejemplo,
si hacía La Lista de Schindler. La primera parte de la
película es breve porque parece que Polanski quiere, de alguna
forma, centrarse en su personaje, en Wladek, y dejar de concebir el
Holocausto como algo que afecta a millones de personas para convertirlo
en algo íntimo y particular. Si nos hemos fijado, Wladek se va
quedando sólo, abandonando su entorno y su familia, perdiendo
conocidos hasta que sólo queda sobrevivir. La manera pasiva en
que Wladek encara los problemas pasa la "pelota" al espectador.
Mientras Wladek mira indiferentemente y tan sólo contempla, es
al espectador a quién le corresponde "tragarse" todas
las secuencias crueles y juzgarlas, ya que del propio Wladek no nace
ninguna de estas dos acciones. En esta fase de supervivencia, su vida
social ha perecido y sólo le queda la "muerte en vida"
que podría llevar cualquier fugitivo. Sólo puede estar
en los pisos francos que le ceden los benefactores que le asisten. Parece
haber una especie de "mensaje en una botella" que Polanski
quiera transmitirnos, y puede ser, quizá, o así lo he
interpretado yo, que en la supervivencia estamos solos y que no queda
sino aislarse para sobrevivir. La acción, pues, se focaliza totalmente
en Wladek, y la situación normal del comienzo se ve alterada
cada vez que damos un paso más hacia este pianista. Sin duda
esta última parte es la mejor de la película, ya que nos
enseña cómo la única elección judía
en el Ghetto era morir o morir: morir disparado o en los trenes o morir
en vida, como parece haber elegido egoístamente Wladek. Sin embargo,
en este último tercio, Polanski se acuerda de los alemanes y
los rescata de la mejor forma posible: en la del "alemán
bueno". Un nazi que ayuda a nuestro pianista. Sin embargo, otra
muestra más de la focalización de Wladek es que nunca
vemos qué es de este oficial "samaritano". Toda la
historia se centra en él. De hecho, una secuencia confirma todo
esto. Durante uno de los últimos bombardeos, no vemos qué
efecto han tenido las bombas en Varsovia hasta que Wladek no sale de
su escondrijo y lo contempla con sus propios ojos. Momento cumbre a
destacar es el final, con un majestuoso número musical que corona
las excepcionales interpretaciones de Wladek. Como nota final es correctísima,
ya que en cierta manera, no es sino la música lo que le ha ayudado
a sobrellevar este conflicto.
En resumen, El Pianista
es un ejercicio original y profundo de reflexión al tratar un
tema tan delicado como la matanza judía. Su punto de vista totalmente
subjetivo ayuda a profundizar en el retrato de una víctima que
no se toma su nueva situación como hemos visto que lo han hecho
otros films. Es una película interesante por todos estos matices
que la hacen andar con paso firme.
Especial mención
a la labor musical del ya habitual colaborador de Polanski, Wojciech
Kilar. Este compositor crea unas melodías que suenan muy poco
a lo largo de la película, más centrada en obras clásicas
a piano, pero que cuando lo hacen siempre están adecuadas. Además,
ese estilo europeo que tiene está muy acorde con la película.
Lo
mejor: Su subjetivismo y su calidad técnica.
Lo peor: Simplemente que es un tema
recurrente, pero su punto de vista nuevo solventa este defecto.
El momento: La secuencia del bote
de pepinillos.
Carlos
Mariscal.
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